Sacada la careta el mono no es. Da lugar y aparece otro
mandril un poco menos amistoso y con más rasgos arratonados, atorranteados,
atiborrados, robados. Rasca el mandril el frasco de poxirran, lo odio rascándolo,
esa es la verdad. Lo rasca con su intención de mejor mono, de mono amaestrado.
En el fondo sigue rascando y lo rasca bien. Sus manos son más como garritas de
ratitas, cuestión que facilita enormemente su labor, alcanzando recónditos espacios
en el frasco, espacios que uno ni siquiera sueña que existan y mucho menos que
contengan algo de ese poxirran tan enmohecido y rancio. Es este el poxirran que
más ama el monito, el feo, al que nadie se le anima, el poxirran que no pega,
el que se guarda en el corazón del raneado.
En este poético acto de rascar, la careta veneciana cae
resonando. Porque es pesada.
Un día el mandril asiste a una fiesta en durazno y convención
de mandriles.
Y entre colegas monos y profesores mandriles, nada mejor que
una fiesta blanca donde los brindis en lugar de copas se hacen con la chapa de
la máscara. Los odio porque tienen la coherencia que me falta.

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