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viernes, 2 de agosto de 2013

mandril y poxirran




Sacada la careta el mono no es. Da lugar y aparece otro mandril un poco menos amistoso y con más rasgos arratonados, atorranteados, atiborrados, robados. Rasca el mandril el frasco de poxirran, lo odio rascándolo, esa es la verdad. Lo rasca con su intención de mejor mono, de mono amaestrado. En el fondo sigue rascando y lo rasca bien. Sus manos son más como garritas de ratitas, cuestión que facilita enormemente su labor, alcanzando recónditos espacios en el frasco, espacios que uno ni siquiera sueña que existan y mucho menos que contengan algo de ese poxirran tan enmohecido y rancio. Es este el poxirran que más ama el monito, el feo, al que nadie se le anima, el poxirran que no pega, el que se guarda en el corazón del raneado.
En este poético acto de rascar, la careta veneciana cae resonando. Porque es pesada.
Un día el mandril asiste a una fiesta en durazno y convención de mandriles.

Y entre colegas monos y profesores mandriles, nada mejor que una fiesta blanca donde los brindis en lugar de copas se hacen con la chapa de la máscara. Los odio porque tienen la coherencia que me falta.





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