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domingo, 24 de marzo de 2013

La Canchita


                                                                La Canchita


Se ubicaba justo al costado de la parroquia del barrio,  es más, era parte de los terrenos pertenecientes a aquella y abarcaba una superficie que no podría precisar en alguna unidad de medida pertinente, pero sí puedo decir con toda seguridad que tenía las medidas exactas de aquella época para albergar a 5 jugadores y el arquero por cada bando.
Nadie sabía o nadie se preocupó por averiguar, si en el lugar hubo algún tipo de construcción antes de convertirse en nuestro campo de juego habitual.  Lo que sí puedo asegurar es que en ese terreno jamás logró desarrollarse ninguna especie perteneciente al reino vegetal, tal la presencia abrumadora de piedras, escombros y otros cuerpos inertes imposibles de clasificar, en el mal llamado campo de juego.  Este panorama claramente desalentador para la práctica no solo del futbol, sino de cualquier actividad a llevarse a cabo al aire libre, sin embargo no lo era para mi y para mi grupo de amigos, quienes crecimos jugando a la pelota en aquel yermo territorio.
Es de imaginar cual era el resultado de cualquier contacto con el suelo en esas condiciones, ya sea por caídas accidentales al trabar un balón, como las ocasionadas deliberadamente por algún vehemente defensor del cuadro contrario o cuando uno mismo iba al piso emulando los grandes jugadores de la época, quienes “barrían” deslizándose elegantemente claro, en verdes céspedes y no en los cuasi restos de un bombardeo yanqui a cualquier ciudad del mundo, tal cual lucía nuestra canchita.  Como digo, las consecuencias eran llamativamente cruentas:  extremidades magulladas y sangrantes, con raspones interminables; y en la convalescencia costras gigantescas; todo esperando un peor resultado el sábado siguiente cuando aún no habían cicatrizado las heridas del pasado inmediato.
¿Qué otro componente en la estructura edilicia de la canchita podía resultar equiparable a aquel penoso estado del campo, que operaba como un rallador de queso humano?
Si, lo había.  Todo el perímetro, donde habitualmente transcurre la línea blanca que amablemente indica el límite permitido, estaba recorrido por una pared de ladrillos, tan sólida como las intenciones de quién la construyó, vaya a saber uno para proteger o resguardar qué cosa, puesto que donde debía ir un portón de acceso o algo por el estilo, siempre hubo nada.
Si puedo decir en favor del sórdido muro, que no solo servía para provocar en muchos de los participantes del juego, chichones y golpes de todo tipo (Recuerdo al flaco Perez, que fue trabado violentamente cuando intentaba una sutíl gambeta y fue a dar como un misil contra aquella pared, generando un ruido espeluznante, y al cual fuimos a auxiliar sospechando una muerte segura. No fue así) sino que pasaba a ser parte de las habilidades técnicas utilizarlo para dejar desairado al jugador contrario. 
La otra cualidad de aquella construcción inerte, era provocar que el partido solo se detuviera cuando el balón ingresaba al arco o viajaba por encima de los dos metros de altura al asfalto de la calle adyacente, esto generaba un desgaste físico en aquellos pequeños cuerpos infantiles solo equiparable a correr 10 kilómetros sin parar, o algo parecido.
Esta nostálgica descripción, no estaría completa sin decir que uno de los límites laterales, no tenía que ver con el muro antes citado sino que estaba constituído por otra pared que era parte fundamental del templo de la parroquia.  Si el relato concluyera aquí, este otro muro, no causaría en el lector, ningún sentimiento diferente de aquel, ya a esta altura,  entrañable paredón de dos metros de alto, si no fuera por un pequeño detalle:  El complemento ideal a las caídas, los raspones, las lastimaduras, los cabezazos a las paredes y todo lo antes dicho, tenía que ver con el cura corriéndonos a varillazos porque los pelotazos en la pared no lo dejaban dar su misa en paz.
Volver de jugar un partido en la canchita, era realmente una aventura.



                                                  

lunes, 18 de marzo de 2013







    Recuerdos de una vida más al este
    Niños largos, lentos que se matan en silencio
    Tal vez sombras
    Un viejo me charla un tema desconocido ,
    Un matrimonio real, brillando en amarillo.  

    nn

viernes, 8 de marzo de 2013

perder el tiempo



Salir de mi casa tiene algunas dificultades. Uno primero debe cruzar la puerta e inmediatamente un portón que da a un callejón, y al final de este, otro portón el cual conduce a una calle de tierra. Si uno anda lo suficiente por esta calle, llega a una asfaltada y ahí todo se torna un poco más urbano. Hoy mientras conducíamos (mi hno y yo) por la calle asfaltada, notamos que nos seguía el perro.



Salir de mi casa para el perro y seguirnos luego, tiene decididamente mayores dificultades. Primero debe cruzar la tela, justo al lado del portón que cuenta con una media sombra que impide ver y asir el tejido de alambres. Pasado este obstáculo debe correr lo más rápido que pueda para llegar al portón del final del callejón antes de que este se cierre, y una vez realizado esto debe correr aproximadamente 500 metros a una velocidad interesante para que nosotros notemos que nos está siguiendo por la calle asfaltada.


Tener que volver para meter nuevamente al perro supone para algunos una pérdida de tiempo.

Yo no estaba de acuerdo en volver, de hecho estaba convencido de que el perro encontraría el camino de vuelta. Mi hno por el contrario, no. Subimos al perro al auto y emprendimos la vuelta.
Cuando me baje del auto para agarrarlo y meterlo en una especie de jardín interno, no me molesté. No me enojé, no gruñí, no insulté. Pero firmemente lo tomé y lo conduje al sitio, decidido a darle una oportunidad a esta forma de educación (?). El perro se resistió sobre todo al final, no quería pasar el resto de su tarde encerrado y solo. 

Alrededor de tres horas habrían pasado cuando volví al hogar. Mi humor no era el mejor, venía cansado y sabía que mi perro no iba tampoco a estar muy contento de verme (posiblemente su día habría sido mucho más cansador y afectante sobre su humor). No me demoré pero tampoco me apuré en abrir la puerta. Me acerqué decidido, convencido de mi rol de educador, sabía que a la más mínima debilidad el perro no escarmentaría para la próxima vez y debía verme seguro de mi decisión.
No estaba en el jardín así que decididamente seguía encerrado. Mientras acercaba mi mano al picaporte lo presentía dentro. Imaginé su cara, triste y abandonada, me acostumbre a ella para que el golpe no fuera muy fuerte. Giré el picaporte y la puerta se abrió hacia adentro. De ella salía un perro con la cola inquieta, con ojos brillantes y hambre de juego. No sólo se alegró al verme, inmediatamente comenzó a saltar sobre mí para que empecemos a jugar lo antes posible y ya habiendo olvidado sus tres horas encerrado se puso a jugar con el resto de los perros.





jueves, 7 de marzo de 2013

El plato roto


Esta mañana me desperté y encontré otro plato roto en el cesto de basura. Esto viene pasando hace un par de semanas. Día tras día, me veo yendo a la tienda a comprar nuevos platos, y cuando despierto al día siguiente, la misma escena se repite. Como vivo solo, es un verdadero desconcierto el levantarse a la mañana y encontrar que el plato nuevo que he comprado el día anterior se ha hecho trizas una vez más. Como buscando una respuesta racional al problema no he llegado a ningún lado, tiendo a inclinarme por el comentario de un amigo que me dijo que el vidrio suele ser susceptible a la indiferencia, y es posible que los platos se hayan roto en momentos en que mi mente divagaba por lo más profundo de mi ser. Sé que esto no explica cómo es que aparecen en el cesto de basura, pero no descarto la posibilidad de que se trate de hormigas que odian el desorden.

Leandro Suliá Leiton

miércoles, 6 de marzo de 2013


No se cómo son tus días normales. Tampoco lo quiero saber.
Me molesto cuando no escribo en su momento.
Es una hermosa mañana. Lo dijo sin estar presente.
Pero la mañana sí es hermosa, con todas sus flores de ridículos colores y el hombre que las alimenta.
Si ella hubiera estado aquí, también hubiera dicho que las flores eran bellas, que la casa era muy linda, (¿por qué no?) Que mi vida lo era,
y hasta que yo
Que mi sangre era hermosa. Sobre todo eso. Yo quiero verlo.



nn

domingo, 3 de marzo de 2013






No soporta un análisis riguroso claramente, pero el quiere combinar y escuchar junto a las imagenes, algo va a encontrar. Ahora el video también tiene lo suyo para los que se cuelgan fácil.










nbnn

sábado, 2 de marzo de 2013


El otro no existe, quiero contarme no se que historia.
Quiero explicarme en 3 palabras. Después soñé con desaparecer.
Algunas cosas veo, las visto. Confundo el silbido de un ave con el martillar de un obrero, con el goce de una puta con mi pena.

Convencido, hay lugares que no me reciben. Hay estanques, llenos de inmundicia, hay rosetas.
El bote de mentira ese, ese me trajo. Mi bote, yo no sabia que era tan así. Tan confuso, tan tramposo, y de nuevo estoy aquí, andando como entre las letras.








nn