La
Canchita
Se ubicaba justo al costado de la parroquia del barrio, es más, era parte de los terrenos
pertenecientes a aquella y abarcaba una superficie que no podría precisar en
alguna unidad de medida pertinente, pero sí puedo decir con toda seguridad que
tenía las medidas exactas de aquella época para albergar a 5 jugadores y el
arquero por cada bando.
Nadie sabía o nadie se preocupó por averiguar, si en el
lugar hubo algún tipo de construcción antes de convertirse en nuestro campo de
juego habitual. Lo que sí puedo asegurar
es que en ese terreno jamás logró desarrollarse ninguna especie perteneciente
al reino vegetal, tal la presencia abrumadora de piedras, escombros y otros
cuerpos inertes imposibles de clasificar, en el mal llamado campo de
juego. Este panorama claramente
desalentador para la práctica no solo del futbol, sino de cualquier actividad a
llevarse a cabo al aire libre, sin embargo no lo era para mi y para mi grupo de
amigos, quienes crecimos jugando a la pelota en aquel yermo territorio.
Es de imaginar cual era el resultado de cualquier contacto
con el suelo en esas condiciones, ya sea por caídas accidentales al trabar un
balón, como las ocasionadas deliberadamente por algún vehemente defensor del
cuadro contrario o cuando uno mismo iba al piso emulando los grandes jugadores
de la época, quienes “barrían” deslizándose elegantemente claro, en verdes
céspedes y no en los cuasi restos de un bombardeo yanqui a cualquier ciudad del
mundo, tal cual lucía nuestra canchita.
Como digo, las consecuencias eran llamativamente cruentas: extremidades magulladas y sangrantes, con
raspones interminables; y en la convalescencia costras gigantescas; todo
esperando un peor resultado el sábado siguiente cuando aún no habían
cicatrizado las heridas del pasado inmediato.
¿Qué otro componente en la estructura edilicia de la
canchita podía resultar equiparable a aquel penoso estado del campo, que
operaba como un rallador de queso humano?
Si, lo había. Todo el
perímetro, donde habitualmente transcurre la línea blanca que amablemente
indica el límite permitido, estaba recorrido por una pared de ladrillos, tan
sólida como las intenciones de quién la construyó, vaya a saber uno para
proteger o resguardar qué cosa, puesto que donde debía ir un portón de acceso o
algo por el estilo, siempre hubo nada.
Si puedo decir en favor del sórdido muro, que no solo servía
para provocar en muchos de los participantes del juego, chichones y golpes de
todo tipo (Recuerdo al flaco Perez, que fue trabado violentamente cuando
intentaba una sutíl gambeta y fue a dar como un misil contra aquella pared,
generando un ruido espeluznante, y al cual fuimos a auxiliar sospechando una
muerte segura. No fue así) sino que pasaba a ser parte de las habilidades
técnicas utilizarlo para dejar desairado al jugador contrario.
La otra cualidad de aquella construcción inerte, era
provocar que el partido solo se detuviera cuando el balón ingresaba al arco o
viajaba por encima de los dos metros de altura al asfalto de la calle
adyacente, esto generaba un desgaste físico en aquellos pequeños cuerpos
infantiles solo equiparable a correr 10 kilómetros sin parar, o algo parecido.
Esta nostálgica descripción, no estaría completa sin decir
que uno de los límites laterales, no tenía que ver con el muro antes citado
sino que estaba constituído por otra pared que era parte fundamental del templo
de la parroquia. Si el relato concluyera
aquí, este otro muro, no causaría en el lector, ningún sentimiento diferente de
aquel, ya a esta altura, entrañable paredón
de dos metros de alto, si no fuera por un pequeño detalle: El complemento ideal a las caídas, los
raspones, las lastimaduras, los cabezazos a las paredes y todo lo antes dicho,
tenía que ver con el cura corriéndonos a varillazos porque los pelotazos en la
pared no lo dejaban dar su misa en paz.
Volver de jugar un partido en la canchita, era realmente una
aventura.
campeón mi viejo
ResponderEliminarLa canchita que liberaba de todo dolor , el muro santo y los goles ¡¡¡ un bautismo de la vida ... hermoso relato lo vi todo
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