Pasa en frente de sus ojos el mundo,
Como la inexistencia misma, orgullosa
Mi lugar, el último y asi comienzo a quererme
Comienzo a odiarte.
Es sencillo, relegado, espero , espero, amo, amo.
Solo un tonto, palabras de tonto, por quien debo ser y por cuanto
Ofrezco mi cuerpo, mis ideas, las más sagradas.
Las miro arder en la boca de otro.
Me pregunto qué parábola esconde aquello.
Y hoy me canso, por fin me alejo, las ideas vuelven.
El amor y los más puro también.
Entonces la arena te revuelve. Muestra alegrada tu rostro,
injusta por la sequedad, por lo rancio.
La pateo indignado. La azoto un poco como para calmarla, se
sabe porfiada y se mantiene.
Recuerdo una historia en la que una mujer entra al mar a la
noche. Imagino sus pensamientos.
Otra vez revuelvo la arena, sin parar.
Otras vidas me encuentran, alguna que me invita, otra me
toma y en la arena pierdo la visión.
El tacto. La arena me acaricia formándose.
Siento en las yemas de los dedos la escena, un niño golpea a
otro.
Uno es un reflejo, rebelde, cansado de emular al amo desde
el nacimiento, lo golpea, tal vez mortalmente.
Reclama lo propio y se transforma en un niño de oro.
Otros lo llamarán hijo del Sol.
nn