Llega una señora y se
sienta. Las tres bolsas cargadas con fideos y latas de conserva hacen que el
trayecto entre el mercado y su casa se vuelva una odisea insoportable, y más
con el calor que está haciendo estos días, cosa increíble.
Del bolsillo derecho de
su vestido saca un pañuelo con el que se seca el sudor de la frente y el
cuello. Pasea la mirada por sobre las calesitas y los pasamanos, se abandona un
segundo a la nostalgia.
Las maderas avejentadas y
carcomidas le molestan en la parte baja de la espalda y el cuello, las tablas
flojas la obligan a mecerse en un involuntario vaivén de péndulo o barca, y la
ausencia de apoyabrazos hacen que se sienta increíblemente incómoda en ese
banco.
Se dispone a levantarse
cuando repentinamente algo la tira hacia abajo: probablemente parte del vestido
que se ha atorado entre las grietas de alguna madera, aunque metiendo una de
sus manos por el breve espacio que separa su cuerpo del banco no logra dar con esa intersección,
todo parece suelto, entonces es intentarlo nuevamente pero algo tira de nuevo, una
mano invisible la retiene y aprisiona, la señora se pone cada vez más
impaciente y quizás no sea el vestido sino otra cosa, puede que la ropa
interior haya hecho contacto con alguna tabla floja que presiona contra otra
pero todo parece indicar que tampoco, entonces la situación es un poco algo que
se asemeja miedo, el instinto de poner ambas palmas de cara al banco y hacer
fuerza hacia arriba, la ansiedad como un reptil que le lame la frente y no hay
caso, la mano invisible no cede y
entonces más fuerza, la iguana gigante lamiendo frenética y no importa, las
venas en incontrolable creciente pero tampoco, todo es tirar y desprenderse del
monstruo que la precede y no suelta, tirar y tirar con la cara como un globo escarlata
y apenas, los peatones que pasan y miran y seguir tirando, el corazón como una
máquina rabiosa que no para y ya casi, un último empujón vertical infinito que
parece, el sonido emancipador que se rasga en sí mismo y separa, el breve y
seco ruido que estalla y la libera, la intersección enervada entre dos
conjuntos que se anula: la victoria erguida empapada de sudor y de furia.
Observa el jirón de tela
que ha quedado entre las maderas, y observa el contundente hueco que ha hecho
de su vestido un trapo inutilizable.
Levanta las bolsas cargadas
con fideos y latas de conserva, y se dispone a retomar el trayecto a casa,
maldiciendo al banco por lo bajo. En realidad ella cree que lleva sus fideos y latas de conserva, pero no se
imagina la sorpresa al llegar a su casa, meter la llave, abrir la puerta y una
vez adentro dar vuelta las bolsas y encontrar que solo contienen infinitas
astillas de madera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario