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lunes, 25 de febrero de 2013

Situación en un banco de plaza


Llega una señora y se sienta. Las tres bolsas cargadas con fideos y latas de conserva hacen que el trayecto entre el mercado y su casa se vuelva una odisea insoportable, y más con el calor que está haciendo estos días, cosa increíble.
Del bolsillo derecho de su vestido saca un pañuelo con el que se seca el sudor de la frente y el cuello. Pasea la mirada por sobre las calesitas y los pasamanos, se abandona un segundo a la nostalgia.
Las maderas avejentadas y carcomidas le molestan en la parte baja de la espalda y el cuello, las tablas flojas la obligan a mecerse en un involuntario vaivén de péndulo o barca, y la ausencia de apoyabrazos hacen que se sienta increíblemente incómoda en ese banco.
Se dispone a levantarse cuando repentinamente algo la tira hacia abajo: probablemente parte del vestido que se ha atorado entre las grietas de alguna madera, aunque metiendo una de sus manos por el breve espacio que separa su cuerpo  del banco no logra dar con esa intersección, todo parece suelto, entonces es intentarlo nuevamente pero algo tira de nuevo, una mano invisible la retiene y aprisiona, la señora se pone cada vez más impaciente y quizás no sea el vestido sino otra cosa, puede que la ropa interior haya hecho contacto con alguna tabla floja que presiona contra otra pero todo parece indicar que tampoco, entonces la situación es un poco algo que se asemeja miedo, el instinto de poner ambas palmas de cara al banco y hacer fuerza hacia arriba, la ansiedad como un reptil que le lame la frente y no hay caso,  la mano invisible no cede y entonces más fuerza, la iguana gigante lamiendo frenética y no importa, las venas en incontrolable creciente pero tampoco, todo es tirar y desprenderse del monstruo que la precede y no suelta, tirar y tirar con la cara como un globo escarlata y apenas, los peatones que pasan y miran y seguir tirando, el corazón como una máquina rabiosa que no para y ya casi, un último empujón vertical infinito que parece, el sonido emancipador que se rasga en sí mismo y separa, el breve y seco ruido que estalla y la libera, la intersección enervada entre dos conjuntos que se anula: la victoria erguida empapada de sudor y de furia.
Observa el jirón de tela que ha quedado entre las maderas, y observa el contundente hueco que ha hecho de su vestido un trapo inutilizable.
Levanta las bolsas cargadas con fideos y latas de conserva, y se dispone a retomar el trayecto a casa, maldiciendo al banco por lo bajo. En realidad ella cree que lleva sus  fideos y latas de conserva, pero no se imagina la sorpresa al llegar a su casa, meter la llave, abrir la puerta y una vez adentro dar vuelta las bolsas y encontrar que solo contienen infinitas astillas de madera.


Leandro Suliá Leiton

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