el juego
cristian balda
Es la cacería. El cazador del planeta ha sorteado a todos sus enemigos y se ha hecho necesario que surja, impoluto, uno nuevo; que aparezca una innecesaria motivación en la especie para engordar la soberbia evolución.
Este nuevo enemigo ha nacido, como el cazador mismo: del centro de unas piernas, consecuencia de la fricción de unos minutos en alguna marcha atolondrado entre los edificios y el deseo.
Ha hecho para él un brebaje de pócimas conocidas, un veneno para pretenderse víctima
embrujada y tener, una vez más, alguien contra quien luchar y alguien de quien huir.
El cazador camina, ahora, con un rifle en la mano y un blanco en la en frente.
Se besa las uñas antes de morder con los dedos; y toca, al tiempo, la saliva y el filo.
Reposa en un rincón, agazapado, y deja de pensar para encontrar lo aburrido y hablar: la estrategia de la risa y el divague, un anzuelo armónico para la víctima.
Cuando ésta esté lo suficientemente cocida, la abrazara en el aire y a los escondites de las sombras de su rincón la llevará posada en la lengua, desnutriendo el tiempo y alimentando la alfombra del mal logrado Jean Micoud.
Se complotará la víctima en la dialéctica, en la contradicción de la sucesión de la gula y se convertirá en el dedo anular derecho de la séptima decena en una cuenta escandalosa de palabras barajadas de una sola cachetada.
Antes de poder empezar a pensar de nuevo, el alerta de las sienes y el arma bajo el cinturón, pondrán el cronometro en cero: el conteo de la soledad corpórea y mental ahora olvidan, o recuerdan más que nunca: el propósito del callejón; las desmedidas del veneno; y, una segregación de contacto transpirado con sabor a otro mundo.
Ésa, su conquista mundana, la de caer maravillado como un niño frente a un arlequín, ha adormecido el proceso de comprensión y ante la incertidumbre de su propia nigromancia, cazador y víctima, destruyen sin cuestionamientos todo lo que pueda restar espacio al triunfalismo del juego, porque ellos son los dueños insanos de los tiempos.
Por fin, la víctima con el cazador, amarrada a su brazo, no se alejará por el miedo; aún pretendiendo ella también su propio veneno, su propia presa: otro cazador -uno mas aburrido y mas sanguinario-.
Y no es la simple sensación de un aroma, sino la sustantiva forma de conocer el ritmo quebrado de una melodía sarcástica: la declinación de la gravedad inevitable.
en fin..
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