Casos II
Contextos
Martes 3 de diciembre
del año 2013
Un grupo de policías de Córdoba decide acuartelarse en
reclamo de mejoras salariales. El acuartelamiento deriva en saqueos a pequeños
negocios y en otros acuartelamientos en el resto de las provincias. Ningún
medio puede decir exactamente cuántos saqueos o intentos de saqueos hubieron, ya
sea porque la población misma sumergida en pánico fue elevando el número exponencialmente,
o porque la prensa con ánimos amarillos y negros hizo lo mismo.
Los titulares rezan la cantidad de muertos como si se
tratara de un contador, y ansiosos de sangre contabilizan casos como el
siguiente: “…un
muchacho de 20, murió tras chocar su moto contra otra, presuntamente cuando
huía luego de participar en un saqueo…”. La misma nota empieza con el siguiente
encabezado: “Más saqueos, más violencia, más muertos. Más comerciantes que perdieron
todo, más gente que se quedó encerrada en su casa por miedo…”.
Otro diario local confunde
manifestantes de un supermercado con saqueadores y tiene la primicia de los
primeros saqueos en Mendoza.
Los comentarios a raíz del hecho son de una violencia y un
racismo irreproducible. La propiedad privada aliena al hombre diría Rousseau.
Un caso muy reproducible aquí, fue el de una conocida, que publico en
su cuenta de Facebook, que no era cuestión de prensa los saqueos, sino que muy
por el contrario la gente de su
barrio le había dicho que otras personas (se presumen hordas de bolivianos
marxistas) habrían intentado saquear “un átomo a dos cuadras de su casa”(textual).
Conozco a esta persona lo suficiente para saber que vive en un barrio donde el
átomo más cercano se encuentra a no menos de 3 kilómetros.
Más contextos
Puedo decir que no fui una de las gentes que se quedó
encerrada en su casa por el miedo, sino que salí a realizar todas las tareas
del día como cualquier otro y solo noté un poco menos de gente en el centro.
La tarea final del día lunes es jugar al fútbol con amigos lo
cual hice felizmente. Luego de esto “pintó”
comer una pizza con mi papá, mi hermano y un amigo en la calle Aristides
Villanueva. El clima era normal, y la gente de alrededor parecía tener un muy
buen humor.
Llevábamos una hora de comida cuando se acercó una niña a la
mesa a ofrecer unas estampitas con mensajes de amor. La idea de la niña era
venderla, la cara era la misma que había visto el miércoles anterior, el sábado
anterior, el viernes anterior siempre de noche; la mirada era la de un nadie.
La piel porosa, las manos secas.
Caso estudiante
del colegio Virgen del Valle
El martes 11 de junio de 2013 fue encontrado el cuerpo sin
vida de una chica del barrio porteño de Colegiales. Con 16 años, y con promedio
9, era la mejor alumna del colegio. Los
detalles son brutales y la prensa estalla. En un par de horas todo el mundo sabe
los pormenores, las pistas, las acusaciones, los sospechosos. Algunas radios
matutinas porteñas, se abren para que la
gente de su teoría de cómo, por quién, dónde y cómo se produjeron los hechos.
En el encabezado de una de las páginas web de noticias donde se sigue la
crónica hay una f azul seguida de “A 5489 personas les gusta esto. Sé el
primero de tus amigos.”
Cómo sucedió con los saqueos, la crónica se fue apagando,
dando lugar a algo más novedoso y aún sin coagular.
La niña del bar de pizzas sigue repartiendo estampitas,
desaparecida de las crónicas. Claro que aquello no me lo están
contando, aquello no queda a dos cuadras de un kilometro y medio cada una de mi
casa ni de nadie que estuviera en el bar. Estaba no solo ahí sino también en
los planes. Que esa nena no llegue a su casa, a alguna casa, está en los planes.
De hecho ya mismo no llegó a su casa, pero cometió un crimen por el cual fue
condenada al olvido, a lo normal: el de no ser mercancía.
Hoy lloro la miseria.





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