Salir de mi
casa tiene algunas dificultades. Uno primero debe cruzar la puerta e
inmediatamente un portón que da a un callejón, y al final de este, otro portón
el cual conduce a una calle de tierra. Si uno anda lo suficiente por esta
calle, llega a una asfaltada y ahí todo se torna un poco más urbano. Hoy
mientras conducíamos (mi hno y yo) por la calle asfaltada, notamos que nos
seguía el perro.
Salir de mi casa para el perro y seguirnos luego, tiene decididamente mayores dificultades. Primero debe cruzar la tela, justo al lado del portón que cuenta con una media sombra que impide ver y asir el tejido de alambres. Pasado este obstáculo debe correr lo más rápido que pueda para llegar al portón del final del callejón antes de que este se cierre, y una vez realizado esto debe correr aproximadamente 500 metros a una velocidad interesante para que nosotros notemos que nos está siguiendo por la calle asfaltada.
Tener que
volver para meter nuevamente al perro supone para algunos una pérdida de
tiempo.
Yo no estaba
de acuerdo en volver, de hecho estaba convencido de que el perro encontraría el
camino de vuelta. Mi hno por el contrario, no. Subimos al perro al auto y
emprendimos la vuelta.
Cuando me
baje del auto para agarrarlo y meterlo en una especie de jardín interno, no me
molesté. No me enojé, no gruñí, no insulté. Pero firmemente lo tomé y lo
conduje al sitio, decidido a darle una oportunidad a esta forma de educación (?).
El perro se resistió sobre todo al final, no quería pasar el resto de su tarde
encerrado y solo.
Alrededor de
tres horas habrían pasado cuando volví al hogar. Mi humor no era el mejor,
venía cansado y sabía que mi perro no iba tampoco a estar muy contento de verme
(posiblemente su día habría sido mucho más cansador y afectante sobre su
humor). No me demoré pero tampoco me apuré en abrir la puerta. Me acerqué
decidido, convencido de mi rol de educador, sabía que a la más mínima debilidad
el perro no escarmentaría para la próxima vez y debía verme seguro de mi
decisión.
No estaba en
el jardín así que decididamente seguía encerrado. Mientras acercaba mi mano al
picaporte lo presentía dentro. Imaginé su cara, triste y abandonada, me
acostumbre a ella para que el golpe no fuera muy fuerte. Giré el picaporte y la
puerta se abrió hacia adentro. De ella salía un perro con la cola inquieta,
con ojos brillantes y hambre de juego. No sólo se alegró al verme,
inmediatamente comenzó a saltar sobre mí para que empecemos a jugar lo antes
posible y ya habiendo olvidado sus tres horas encerrado se puso a jugar con el
resto de los perros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario